XI. No evadirás

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El presente artículo fue publicado en el diario elPeriódico el 11 de abril de 2015

 “Si no pagás tus impuestos sos un egoísta inmoral” “No pagar impuestos es una manifestación clara de codicia” “Tu obligación es tributarle al fisco”. Yo me pregunto ¿desde cuándo tributar se convirtió en un precepto divino?

 El culto a ese abstracto ente llamado Estado es ya tan habitual que muchos le han rendido su cuerpo y su mente, permitiéndole imponer un sistema de expoliación de capital que todo cártel desearía controlar. Seamos honestos, la diferencia entre este organismo que se alimenta de rentas parasíticas y un vil ladrón es la misma que existe entre una daga y un puñal. 

 Todo individuo es dueño de su cuerpo y de su mente. Aquello que sea fruto del esfuerzo de estas dos posesiones primaras le pertenece únicamente a él. Cuando alguien decide tomar ese producto por la fuerza, se llama robo. En el momento en que el Estado pasa a exigir parte de ese producto, negando el derecho del individuo a disfrutar de él, lo reduce a la condición de esclavo, pues ya ni su vida ni su propiedad le pertenecen. En otras palabras, le está robando, y el robo es robo independientemente de quién lo realice. 

 En una sociedad donde se respeten los derechos individuales, las personas estarán anuentes a ceder una porción de sus ingresos con el fin de que el Estado cuente con los recursos para garantizar la seguridad y la justicia. Para velar por que nadie viole el derecho a la libertad, vida o propiedad de otros. 

 “Pero ¿entonces cómo sufragaremos el Estado Benefactor?” Esa es la cuestión, la auto-arrogada monopolización de la solidaridad por parte de los políticos es el argumento que termina con la expropiación impositiva de la población. Este sistema en el que unos viven a costillas de otros necesita legalizar el robo para poder sustentarse. Régimen que conviene solamente al político sin escrúpulos, pues mantiene a los pobres en ese estado con el fin de perpetrarse en el poder, ya que siempre existirá quién necesite amamantarse de sus dádivas. 

 “Bueno pero no podrás negar que pagar tus impuestos es tu obligación por vivir en sociedad“. Una sociedad que desea vivir en paz no usa la fuerza para tomar dinero de unos y dárselo a otros, pues la base de la convivencia pacífica es el respeto. Si lo que deseamos es ser solidarios con otro ─escribí hace un tiempo─  debemos limitarnos al singular de la primera persona y no al plural de la tercera para usar el producto del trabajo ajeno. 

 Entendámoslo, pagar impuestos no es un precepto divino y no pagarlos es moralmente lícito. La única relación de obligatoriedad es espuriamente, de carácter legal y, mientras tales circunstancias no cambien, debemos ser prudentes, ya que como dijo Murray Rothbard: “los individuos deben tratar con el Estado como un enemigo que es, por el momento, más poderoso”.

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