El dominio de Cleptos

El presente artículo fue publicado el 27 de abril de 2015 en Estudiantes por la LibertadRat_de_Thief_WP

Hasta que por fin se rebalsó. Llegamos en Guatemala, a un momento crítico en el que si esta gota no derramaba el vaso, me hubiera atrevido a diagnosticar a los guatemaltecos, de una seria enfermedad psicológica de negación perpetua de la realidad.

En Guatemala, como en la mayor parte de países Latinoamericanos, vivimos bajo un sistema cleptocrático. Uno en el cual, aquellos que detentan el poder, no son nada más que una asociación institucionalizada de ladrones. El saqueo y la corrupción, son el motor que mueve los engranajes.

El último caso de corrupción liga a 22 funcionarios públicos, entre los que se encuentran el actual superintendente de administración tributaria y el ahora ex-secretario privado de la vicepresidente, a la dirección de “una agrupación que trabajaba con una tabla de impuestos paralela en aduanas que les dejaba por lo menos 375,000. 00 USD cada semana”. Al caso se le denominó “la línea” pues esta banda se ponía en contacto con importadores a través de una línea telefónica en la que negociaban un soborno para que al importador se le redujese el pago de impuestos.

El caso desató tanta indignación entre los guatemaltecos que el día sábado 25 de abril, más de 15 mil guatemaltecos realizaron un plantón pacífico en la Plaza de la Constitución, exigiendo la renuncia del presidente Otto Pérez Molina y la vicepresidente Roxana Baldetti.

La manifestación, fue un verdadero ejercicio político de la sociedad civil, que le recordó a los mandatarios quienés son los que realmente mandan. Sin embrago, debemos entender que -como escribí en redes sociales- el problema va más allá de una renuncia. El problema es el sistema perverso, democrático y populista, que han legitimado los guatemaltecos durante años. El régimen cleptocrático y corrupto que hoy impera en Guatemala, no se elimina únicamente destronando al rey de turno.

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Miles de guatemaltecos exigiendo la renuncia de los mandatarios del organismo Ejecutivo.

La cleptocracia que impera en el Estado guatemalteco no se debe a la casualidad de que los políticos de turno sean unos gorrones deshonestos que pueblan el sector público. Si así fuese, simplemente bastaría con cambiarlos por otros. El problema es resultado de un sistema de perniciosos incentivos.

En primer lugar, el Estado, disfruta de un monopolio absoluto de la fuerza, sin un verdadero límite constitucional, con el que discrecionalmente puede arrebatar la propiedad de los individuos.

Por otro lado, el Estado, no somete sus resultados a quienes hacen posible su existencia y sus gastos no se rigen por un criterio de rentabilidad sino uno político, en el que se encumbra el gasto desmesurado, las fuentes ilegales de financiamiento y los contratos nepotistas. En otras palabras, aquellos que dirigen el Estado, jamás asumen sus errores en términos personales de responsabilidad patrimonial.

Así mismo, el sistema actual, ha hecho del Estado una institución que permite el cambio del color de partido, manteniendo intactos los puestos de poder. De esta forma, sirve con lealtad a todo régimen con el fin de permitirle servirse de quienes tributan.

Estos incentivos están presentes en la organización política de Guatemala y nos hacen recordar este segmento que escribió Ayn Rand en su novela La Rebelión de Atlas, “cuando advierta que para producir necesita obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes trafican no bienes, sino favores; cuando perciba que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias más que por el trabajo, y que las leyes no lo protegen contra ellos, sino, por el contrario son ellos los que están protegidos contra usted; cuando repare que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un auto sacrificio, entonces podrá, afirmar sin temor a equivocarse, que su sociedad está condenada.”

La cleptocracia en Guatemala es ya un vicio institucional. Indignados estamos todos y si no queremos seguir indignándonos cada cuatro años con el cambio de los regímenes, debemos elegir cuidadosamente a aquellos parlamentarios que estén dispuestos a limitar esa descomunal cuota de poder de la que disfrutan los burócratas de turno y a exigir el respeto irrestricto a los derechos individuales.

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