YO

El presente artículo fue publicado el  27 de junio de 2015 en elPeriódico.

Una contradicción común es la de sujetos que dicen reconocer el valor de cada persona y en aras de ello, afirman que todos estamos sujetos a una obligación moral de sacrificarnos en pro del bien colectivo.

Lo anterior es una forma de manipular el concepto y hacerlo parecer noble. Pero, ¿es realmente noble afirmar que la vida del individuo no le pertenece a él sino a la masa; que sus derechos existen en función social; que puede existir si y solo si se resigna a ser un medio sacrificable?

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Es sencillo, valoramos al individuo o no lo hacemos. Es un absoluto y no hay termino medio. Entonces, ¿qué es valorar al Yo?

Es afirmar que cada individuo es un fin en sí mismo; que usted y yo podemos escoger nuestro propio proyecto de vida sin interferencia alguna; que el individuo tiene el legítimo derecho de buscar continuamente su propio interés personal; que cada quién es dueño del producto de su esfuerzo físico y mental; que el Estado existe únicamente como un tercero imparcial que vela por el respeto en las relaciones humanas.

Existen quienes interpretan mal el individualismo por falta de conocimiento y proceden a afirmar que los que valoramos al Yo sobre el Nosotros, deberíamos vivir aislados, en una cueva, pues solamente allí podremos ejercer nuestra plena individualidad. Tal conclusión es totalmente errónea.

El individualismo es un principio que se practica en sociedad. En la búsqueda de los valores que satisfagan nuestro interés personal, nos enfrentamos a la alternativa de cooperar o no. Un individuo racional, humildemente reconoce que no posee el suficiente conocimiento, ni tiene el tiempo necesario, ni los recursos, para producir todos esos valores.

Consecuentemente las diferentes áreas de trabajo y producción se dividen espontáneamente según la capacidad de cada persona. Todo esto resulta en un complejo sistema, como fue descrito por Adam Smith, en el que cada quién busca, no por benevolencia sino por interés, beneficiar a otros para mejorar la propia condición.

El individualismo tampoco es una antítesis de la solidaridad. Por el contrario, ha creado un terreno fértil para la fructificación de actos de generosidad en los que las personas que al ayudar a otros sienten felicidad, puedan hacerlo. El énfasis debe ser en la volitividad, en el consentimiento de quienes realizan la acción. Al momento en que se inicia el uso de la fuerza y se procede a convertir a los individuos en ganado para destazar cuando el colectivo lo requiera, la acción pierde toda virtud.

La ruta tiene dos caminos. Valoramos al Yo o al Nosotros. Podemos practicar el individualismo y reconocer el valor de la persona en sí misma, aceptando que es libre para cooperar, tomar decisiones y actuar. O podemos valorar al abstracto colectivo, aceptando que este tiene el derecho de esclavizar a unos para los fines de otros.

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