La piñata somos todos

El presente artículo fue publicado el 30 de enero de 2016 en elPeriódico de Guatemala.

giphySí, usted, yo y todos los individuos productivos de Guatemala nos hemos convertido en la piñata de los funcionarios públicos, que consideran tener el derecho de azotarnos y sacarnos “hasta el último dulce”.

Quienes nos han propinado palazo tras palazo no son sino los mismos saqueadores de siempre en sus distintas presentaciones.

La lista de vividores es kilométrica pero su método de saqueo por excelencia es el de los sindicatos y los pactos colectivos. Por mencionar tan solo un ejemplo, el pacto colectivo de trabajadores permanentes del Congreso y sus ahora tres sindicatos, que en total nos cuesta mensualmente más de 20 millones de Quetzales.

A diferencia del sector privado, en el que cada empresario debería tener el derecho de decidir si desea o no permitir la formación de sindicatos en su negocio, los sindicatos públicos y por ende, los pactos colectivos, no deberían  existir.

La firma de pactos colectivos y la autorización de sindicatos en los organismos del Estado se da por la amenaza de presión que ejercen sus agremiados. Presión que consiste en tomar medidas de hecho, violatorias de los derechos individuales de otros, como medios para alcanzar sus fines.

Es por lo anterior que la sindicalización es una negación de la contractualidad, el estado de cooperar de manera voluntaria bajo un contrato que los involucrados establecen cumplir para beneficio mutuo y en el que el empleado recibirá un a remuneración de acuerdo a sus méritos y productividad. En caso de que alguno de los involucrados falle, el contrato se da por finalizado y el afectado puede acudir a un tribunal en busca de justicia.

Pero la perversión más grande de los sindicatos públicos y los pactos colectivos radica en que tanto los agremiados como los burócratas realizan sus componendas con dinero que ninguno de ellos ha producido.

El incentivo del político para complacer a todos los sindicatos es que negociar con ellos y darles lo que caprichosamente exigen, representa un mantenimiento de su popularidad política. No es casualidad que Ministros y miembros de la junta directiva del Congreso firmen los pactos colectivos como si de firmar autógrafos se tratara.

La lesividad de los pactos y los sindicatos es evidente y la gran ausente es la Procuraduría General de la Nación.

A pesar de lo anterior, hay tecnócratas y políticos que se atreven a afirmar que Guatemala necesita un incremento en la recaudación, en la tasa impositiva y en el gasto público. Lo que no entienden, o no quieren entender, es que el problema no es ninguno de los anteriores sino el despilfarro del dinero de los tributarios. Recursos hay y la prueba es que alcanza para sobre-pagar 193 conserjes en el Congreso.

 “La gente empieza a darse cuenta de que el aparato del Estado es costoso. Lo que aún no ven es que el peso recae sobre ellos”

Frederic Bastiat

Bastiat y el “ecocidio” en Guatemala

El presente artículo fue publicado el 28 de junio en el blog de Estudiantes por la Libertad.

 

Bastiat-y-el-ecocidio-en-Guatemala-300x229Una de las obras más importantes del pensador decimonónico Frédéric Batiat se titula Lo que se ve y lo que no se ve. Este me viene a la memoria cuando leo y observo todos los comentarios, videos y artículos que se han publicado tras la masiva muerte de peces en el Río la Pasión en Guatemala.

El 30 de mayo, pobladores de la región de Sayaxché, en las inmediaciones del río ubicado en el departamento de Petén, reportaron la presencia de miles de peces muertos. Sin embargo, el escándalo mediático inició dos semanas después. Lo que los medios hicieron ver a sus lectores fue a una empresa (Reforestadora de Palma Africana S.A.) como la culpable de haber contaminado el río con un plaguicida cuyo nombre genérico es malatión.

Asociaciones por los derechos humanos salieron en defensa de las 17 comunidades que bordean el río, grupos de ecologistas y conservacionistas acusaron de ecocidio a la empresa, el Ministerio Público allanó el área de operaciones de la misma, e incluso hubo quienes en sus redes publicaron comentarios en los que incentivaban a sus conocidos a no comprar ningún producto de tal empresa.

Fuimos pocos los que nos mantuvimos escépticos o, por lo menos, a la espera de pruebas científicas concluyentes que determinaran que era efectiva la presencia de tal contaminante en las aguas del caudal.

El viernes 26 de junio, dos semanas después del inicio del escándalo, publicaron los resultados del estudio de toxicología realizado por la Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC), que concluyó que el desastre ecológico no fue provocado por un plaguicida. Pero la declaración fue más allá, y el director del Centro de Estudios Conservacionistas de la USAC, Francisco Castañeda, dijo que la contaminación fue producto de desechos orgánicos derivados del proceso de producción de la palma africana que limitan la cantidad de oxígeno en el agua.

Es trágica la forma tan sencilla en que, sin criterio, se procede a acusar a una empresa y el sensacionalismo mediático que busca publicar la primicia de una noticia sin antes remitirse a las pruebas.

Lo que nadie ve, o no desea ver, es la cantidad de posibilidades que existen detrás de la contaminación. Hay 17 poblaciones alrededor del río, las cuales son habitadas por más de 300.000 personas. ¿Acaso todos estos individuos no producen desechos orgánicos? De las 17 poblaciones, ninguna tiene un sistema de alcantarillado como tal y las que lo poseen, consiste de un rudimentario sistema que drena sus aguas en la única gran fuente de agua cercana: el Río La Pasión.

Asimismo, es contradictorio que muchos habitantes de la ciudad de Guatemala hayan puesto el grito en cielo por lo ocurrido. ¿Por qué? Porque absolutamente todos los que vivimos en la ciudad capital somos responsables de la contaminación del Río Villalobos y las Vacas, y consecuentemente del Lago de Amatitlán y del Río Motagua, pues allí desembocan los dos primeros. El alcantarillado de la metrópoli vierte allí sus aguas.

Todos somos responsables de contaminar aproximadamente 18 litros de agua cada vez que tiramos la cadena del inodoro. Nuestro champú, la pasta de dientes, los jabones y detergentes, tienen triclosán dentro de sus componentes básicos. Este químico antibacterial fluye por el caudal de estos ríos y es una de las tantas razones por las que ya casi no hay mojarras en el Lago de Amatitlán. Entonces, ¿aún hay alguien que esté dispuesto a “lanzar la primera piedra”?

Que quede claro, no estoy absolviendo a la empresa de la posible responsabilidad del desastre, ni estoy diciendo que sea ilegítimo indignarse por lo allí sucedido. A lo que voy es al hecho de que no podemos dejarnos llevar por la ligereza y acusar sin pruebas contundentes a una empresa, simplemente porque es lo más rápido y sencillo.

El problema de la contaminación es uno del que todos somos responsables, y son la ciencia y la tecnología las que cada vez nos proveen de más soluciones para que nuestra actividad productiva cause menos daño al entorno que necesitamos transformar para vivir. Las asociaciones ecologistas deberían de contribuir en la investigación de nuevas soluciones tecnológicas en lugar de afanarse en atacar la industrialización y el desarrollo.

Lo que se ve es un río contaminado, peces muertos y una empresa de palma africana en las inmediaciones del río. Lo que no se ve son las 17 comunidades potencialmente contaminantes del río, la cantidad de agua que contaminamos a diario los que vivimos en la ciudad de Guatemala, y la falta de criterio y sensacionalismo de ciertos medios de comunicación y sus lectores.