20,800 horas

Discurso pronunciado el 17 de octubre de 2015 con motivo de la graduación de Bachilleres de la XXI Promoción del Colegio Internacional Montessori, Guatemala.

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20,800 horas

Más de 20,800 horas y más de 20,800 memorias que dejaron su sello en el pergamino del tiempo y la historia de nuestra vida.

2.340 días que terminaron con un recuerdo que guardaré por siempre y que creo que cada uno de ustedes lo hará también.

Un ciclo de 13 años que hace dos semanas cerramos con gritos, abrazos, lágrimas y risas al unísono de mariachis en la plaza en la que alguna vez soñamos celebrar.

Podría ponerme a mencionar muchísimos segmentos de esta historia que construimos juntos , pero estoy convencido de que con la escena que acabo de mencionar basta. Pues esas lagrimas, risas, gritos y abrazos que cada uno de nosotros compartió con nuestros amigos, padres y maestros no son fruto del azar, sino una consecuencia de haber llegado juntos a la meta de una titánica carrera.

Nunca más volveremos a estar los 76 juntos y de aquí en adelante cada quien empezará su propia aventura para llegar a la cima del Olimpo. Es por ello que no me quería ir sin antes darles este mensaje.

Lo hemos platicado antes, entre nosotros está el próximo John D. Rockefeller, JP Morgan, Miguel Angel Bounarotti, Frederic Bastiat o la próxima Whitney Houston, Carolina Herrera o Elizabeth Falkner. ¿Por qué? Porque si por algo se caracteriza nuestra promoción es por la abundancia de líderes… de líderes con talento.

Estamos en la linea de salida y todos nos preguntamos ¿ahora, qué tenemos que hacer?

Establecer plazos para nuestros sueños, ese es el punto de partida. El primer paso hacia una gran aventura que comienza con el ejercicio de una de las virtudes más importantes que debemos practicar: la racionalidad. Virtud que consiste en atrevernos a pensar. A pensar y analizar la realidad para decidir cómo la vamos a transformar, pues recordemos que cada uno de nosotros puede disponer de sí mismo a su voluntad y somos nosotros los creadores de nuestra propia alma, de nuestro espíritu, de nuestro futuro, de nuestra felicidad.

La felicidad es una recompensa de nuestra vida y de las acciones que tomemos para alcanzar nuestros valores. Por ello, seamos siempre felices. Esto no significa que no vayamos a toparnos con obstáculos, pero cuando lo hagamos, superémoslos con seguridad y en paz con nosotros mismos. Vamos a pasar por momentos de dolor, tristeza y frustración, pero esas emociones únicamente deben llegar a un punto en el que ya no pueden pasar debido a que hemos construido un espíritu de razón, autoestima y propósito.

Por nuestra composición química, nuestro cuerpo tiene un precio de 3 dolares. Pero son nuestras virtudes y nuestra mente las que nos hacen valiosos y dignos de vivir.

Bien lo decía el astrofísico Carl Sagan, “Somos polvo de estrellas que ha tomado su propio destino en sus manos”.

Vos, yo, él, ella, todos tenemos una mente capaz. Seamos siempre independientes, confiando en nuestro conocimiento y aprendiendo del de los demás. Eso nos hará visionarios. Guatemala y el mundo necesita visionarios. Se necesita gente con la determinación suficiente para lograr el éxito. Si podemos imaginar una Guatemala diferente, podemos crear una Guatemala diferente. Que nada ni nadie menoscabe nuestro optimismo.

Seamos líderes. Esforcémosnos por ser personas que no permiten que la ambición se desvanezca. La ambición motiva el trabajo duro, la determinación, y ese deseo incondicional de lograr. Esa ambición generará una energía totalmente contagiosa que, naturalmente, hará que más personas se unan a la construcción de nuestra visión. Para ello, debemos ser íntegros y honestos. Me refiero a esa lealtad perpetua por nuestros principios y a reconocer nuestras fallas cuando erramos. A ser siempre responsables de nuestros actos y jamás ser ni pretensiosos ni mediocres.

Busquemos siempre lo que el reportero Henry Kamm llamaba “la inexplicable alquimia personal”, esa mente independiente dedicada a la supremacía de la verdad. Ser honestos e íntegros nos permitirá ser siempre justos en nuestro diario vivir.

Creo que todos aquí queremos mejorar la vida en la Tierra. Para ello, no hay nada mejor que ser individuos productivos. Ser productivo es un fascinante proceso en el que se integran la mente y el cuerpo. El hombre común está constantemente adquiriendo conocimiento, pero el hombre productivo utiliza ese conocimiento para transformar sus pensamientos en forma material.

Caminemos, pues, y nunca nos detengamos. No nos permitamos ser menos que excelentes. Hagámonos merecedores y dignos del título de hombres. Celebremos la vida y miremos hacia el futuro. Emprendamos y demos gracias a nuestros padres, maestros y amigos por su legado pero creemos el nuestro. Levantemos nuestra visión sobre la capacidad creativa del hombre libre y enfrentemos la desolación de todo aquel pesimista que nos diga que el mundo es sombrío y malvado. Seamos pues un estímulo para el mundo, la luz del faro para todo barco perdido.

En palabras de la autora rusa Ayn Rand: “En nombre de lo mejor que hay en ti, no sacrifiques este mundo a los peores. En nombre de los valores que te mantienen con vida, no permitas que tu visión del hombre sea distorsionada por lo feo, lo cobarde, lo inconsciente en aquellos que nunca han conseguido el título de humanos. No olvides que el estado natural del hombre es una postura erguida, una mente intransigente y un paso vivaz capaz de recorrer caminos ilimitados. No permitas que se extinga tu fuego, chispa a chispa, cada una de ellas irremplazable, en los pantanos sin esperanza de lo aproximado, lo casi, lo no aún, lo nunca jamás. No permitas que perezca el héroe que llevas en tu alma, en solitaria frustración por la vida que merecías pero que nunca pudiste alcanzar. Revisa tu ruta y la naturaleza de tu batalla. El mundo que deseas puede ser ganado, existe, es real y posible; es tuyo”

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(De)formando mentes

El presente artículo fue publicado el 25 de julio de 2015 en el diario elPeriódico.

 

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Es un hecho, sean públicas o privadas, las escuelas de nivel primario y secundario en Guatemala están sometidas –ilegítimamente– al férreo control estatal. El sistema que ha sido impuesto sobre todos los estudiantes, suprime la creatividad individual, colectiviza las aptitudes y es de carácter puramente primitivo.

 

Fue en el siglo XIX cuando por primera vez se implementaron sistemas educativos en respuesta a las necesidades de la industrialización. En Estados Unidos, el político Horace Mann impulsó una reforma que oficializó la aplicación del método prusiano. Consistía en dividir a los alumnos según la edad y seleccionar un determinado pénsum que cubriese lo básico para que el individuo pudiera adaptarse al ritmo del acelerado desarrollo, en detrimento de las habilidades de cada uno pues debían limitarse a las de un marco mecanizado.

Más de doscientos años han pasado y ese obsoleto sistema se sigue aplicando. El aparato educativo imita el proceso de una maquila en el que la prenda que se está fabricando pasa de estación en estación hasta estar terminada. Así, la creatividad, las destrezas, talentos e intereses del estudiante quedan anulados y se le estandariza al nivel de una masa que obtendrá un grado académico por haber aprendido metódicamente y muchas veces sin criterio, los mismos procedimientos y datos que el resto del grupo de su misma edad.

El objetivo de la educación, es enseñarle a los individuos los métodos correctos para adquirir conocimiento y entender la realidad. Aristóteles escribió que “todos los hombres por naturaleza desean saber” y un buen sistema educativo–voluntariamente escogido por los padres– buscaría desarrollar en los estudiantes facultades cognitivas de observación, razonamiento y pensamiento creativo que les permitirían aprender.

Con tales habilidades, al ser expuestos a problemas relacionados a las distintas materias de estudio, podrían sacar sus propias conclusiones a partir de inferencias, inducciones, deducciones, entre otras. Incentivando así la curiosidad y el deseo de aprender, permitiéndole a cada quién llegar tan lejos como su capacidad se lo permita.

La solución no está en que el Estado cambie de sistema sino en que deje de intervenir en la educación. Los colegios privados tienen el legítimo derecho de manejar el pénsum y el estilo con el que deseen implementar para instruir a sus alumnos.

Entonces reflexionemos, ¿cuál es el medio correcto para educar a los niños y jóvenes? ¿será uno tipo fábrica en el que el aprendizaje es mecanizado y se estandariza la mente individual bajo un clima de control y orden estricto? ¿O un sistema de educación libre, basado en la naturaleza del hombre, que le permite a cada quien avanzar según su curiosidad y su habilidad, dejando que el alumno aprenda a usar su mente, entendiendo que tiene la capacidad de pensar?

 

Existe, es real, es posible

El presente artículo fue publicado en elPeriódico el 11 de julio de 2015.

Tuvieron que pasar 2 mil 289 años para que alguien de la talla de Aristóteles volviera a habitar nuestro planeta. Alisa Zinov’yevna Rosenbaum, más conocida como Ayn Rand, dedicó su vida a desarrollar un sistema filosófico que afirma que no hay propósito más grande para el hombre que alcanzar su propia felicidad, el Objetivismo.

En la Objectivist Summer Conference junto a Andrew Bernstein (centro) y mi amigo Conrado Ducas (izquierda).

En la Objectivist Summer Conference junto a el autor Andrew Bernstein (centro) y mi amigo Conrado Ducas (izquierda).

Los objetivistas afirmamos que la realidad es absoluta. Las ideas de los individuos pueden o no, ser acordes a los hechos de la realidad pero esta no está sujeta a sus deseos o caprichos. Cualquiera puede creer que hay un unicornio protegiendo la Tierra pero eso no hará que exista. La única evidencia de que algo existe se puede encontrar en la naturaleza, siendo esta la suma de todo lo que es. Es decir, todo lo que puede ser percibido por nuestra conciencia y posee una identidad específica. Aceptar la naturaleza de la realidad nos permite adquirir conocimiento y actuar según sus leyes para alcanzar nuestras metas.

Percibimos la realidad a través de nuestros sentidos y es la razón el único medio que nos permite adquirir conocimiento y sobrevivir. Esta facultad funciona a base de observaciones que se someten a leyes lógicas que identifican contradicciones y nos permiten formar conceptos. Así, aprendemos sobre nosotros y nuestro entorno. Mientras el individuo elija usar la razón, podrá determinar los valores que necesita producir para vivir y ser feliz. De otra forma, muere o vive como parásito de quienes la utilizan.

Aceptamos la realidad como un absoluto que podemos conocer a través de la razón, pero eso no basta para guiar nuestra acción. Para alcanzar nuestros valores necesitamos un código de principios como base de nuestras decisiones. Un sistema que nos permitirá alcanzar nuestra felicidad sí y solo sí, fijamos nuestra vida como estándar de valor. De esa forma, toda decisión que tomemos será racionalmente egoísta pues actuaremos según nuestro propio interés para ser los beneficiarios de nuestra acción.

Pero para promover nuestra vida debemos ser libres de hacerlo. Por ello se debe establecer un gobierno que proteja a los individuos del uso de la fuerza por parte de otros. Así, toda relación en sociedad es voluntaria y el fin de toda cooperación es el intercambio de valores para el beneficio mutuo. Esto solo es posible bajo un sistema político capitalista donde la protección de los derechos individuales es el único deber del Estado.

En estos días, tuve la oportunidad de participar en la Conferencia Objetivista de Verano junto a más de 400 individuos que sabemos que la filosofía desarrollada por Rand es la única que promueve la vida del hombre en la Tierra, que sigue viva y que nos hace recordar que, como escribió en su novela La Rebelión de Atlas, el mundo que deseamos “puede ser conquistado. Existe, es real, es posible”, es nuestro. Solo hace falta pensar.

“Criminales inocentes”

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“¿Cuáles son los pueblos más felices, más morales y más apacibles? Son aquellos en que menos interviene la ley en la actividad privada, donde menos se hace sentir el gobierno”.

Frèdèric Bastiat

 Toda ley auténtica debe basarse en los derechos individuales a la vida, libertad y propiedad; derechos “negativos” que sancionan la libertad de acción de un hombre en el contexto social; y principios que legitiman el derecho de todo individuo a vivir libre de la iniciación de la fuerza física en su contra.

Bajo esta concepción de la ley, el crimen existe solamente donde hay actor y víctima. Si un actor no ha iniciado la fuerza contra la vida o propiedad de otro, no hay fundamento para considerar lo que ha hecho como una violación de la ley.

En ese caso, un “crimen sin víctimas” es una contradicción de términos. Cuando las personas actúan haciéndose daño a sí mismas, sin duda es una inmoralidad, mas no una ilegalidad. Para vivir y prosperar, el individuo necesita la libertad para tomar decisiones y aceptar las consecuencias de ellas. Muchos individuos rara vez se encuentran en posición de saber mejor que el actor si una acción sería beneficiosa o no en el contexto completo de su vida, pues el actor es, después de todo, el que único que tendrá que vivir con las consecuencias de sus acciones. Desde la drogadicción y alcoholismo hasta la prostitución son ejemplos del día a día, de las actividades que se sancionan sin que existan terceros afectados.

Habrá quienes aleguen que las acciones dentro de los derechos de uno mismo tienen efectos sociales. Vivimos en una sociedad compleja basada en la división del trabajo y la cooperación voluntaria, por lo que prácticamente todo lo que hacemos implica a otros de una manera u otra. Siempre y cuando se respeten los derechos, cada persona está conectada en una cadena que reconoce que otros poseen un derecho moral a existir por su propio bien y que son seres humanos independientes al igual que uno mismo.

Los gobiernos paternalistas violan los derechos de las personas al institucionalizar la prohibición de actos sin víctimas. De esta forma, obstaculizan el proceso del pensamiento humano y la elección que permite a los individuos y las civilizaciones prosperar. En otras palabras, colocar la coerción entre la mente de una persona y sus acciones es prohibir el pensamiento racional, lo que a largo plazo representa socavar y destruir la vida humana en sí misma.

La base moral de un sistema político justo son los derechos individuales. Esto significa que uno tiene el legítimo derecho a obrar mal e inmoralmente dentro de la esfera individual. Pero, más importante aun, que uno tiene el derecho de hacer lo que es correcto, en la medida de la propia capacidad, según el juicio de uno mismo, para beneficio propio y para el bien de las personas y todo aquello que uno ama.