Un año de Romper las Cadenas

El presente artículo fue publicado el 13 de febrero de 2016 en elPeriódico de Guatemala.

Romper las Cadenas, mi columna de opinión que se publica quincenalmente en este diario, está de fiesta. A ello se debe que en esta ocasión la reflexión gire en torno a los principios fundamentales que he defendido públicamente participando en la batalla de las ideas.

"The Great Torch Bearer". Escultura en bronce por Arno Breker

“The Great Torch Bearer”. Escultura en bronce por Arno Breker

Romper las Cadenas es un nombre que tiene su origen en el mito de Prometeo, el héroe que fue castigado por los dioses del Olimpo por traerle el fuego a los hombres y enseñarles a ser dioses. Según la narración de Esquilo, Prometeo fue sometido y encadenado por desafiar a los dioses, pero pudo romper las cadenas para pararse victorioso en el umbral de la libertad. Pero, llegó el día en que los hombres a los que él había dado la luz, lo traicionaron y abandonaron la llama que de sus manos habían recibido.

Prometeo, en palabras del académico francés Luis Rougier, “prefigura el espíritu de Occidente(…) producto de una actitud de rebelión (…) de insistir en la posibilidad de mejorar las cosas y moldearlas para que se ajusten a las necesidades y sueños del hombre”.

Los defensores de ese espíritu, somos todos aquellos que nos hemos atrevido a luchar por una sociedad de personas libres, responsables, productivas, justas y racionales, que reconocemos el valor de cada hombre como un fin en sí mismo.

Lo escribí en la primera columna “los sucesores de Prometeo son y han sido pocos”, individuos que han tenido el valor de pensar y le han dicho a los hombres que la única forma de romper las cadenas que los atan es utilizando la razón pues esta es nuestro único medio para poder vivir.

Pero hay muchos que han decidido falsear la realidad y les han hecho caso omiso, continúan viviendo una vida mística, poniendo el interés colectivo sobre el derecho individual y sacrificando a otros para sus propios fines. Es por ello que la lucha de los sucesores de Prometeo ya no es contra los dioses sino contra quienes lo traicionaron al abandonar de este modo la llama de la razón.

Los Prometeos de la historia son personas que han reconocido la virtud en la productividad, la justicia, la integridad, la honestidad, la ambición, la independencia y el orgullo. Han proclamado que su vida es su más alto estándar de valor y se han atrevido a cuestionar las premisas en las que creen o que les han hecho creer, rompiendo las cadenas que atan su mente.

Hijos de Prometeo son todos aquellos que han defendido el derecho individual a la vida, propiedad y libertad. Los que se han atrevido a defender el único sistema político consistente con la naturaleza del hombre que se basa en la cooperación voluntaria entre individuos que buscan satisfacer sus propios intereses y que se respetan mutuamente: el capitalismo.

Hoy, con esta columna, celebro el capitalismo, el egoísmo, la razón y la existencia.
¿Quién está dispuesto a continuar en esta batalla intelectual para que juntos sigamos rompiendo las cadenas?

Romper las cadenas

Mi primer artículo publicado en el matutino elPeriódico el 27 de febrero de 2015 en mi columna de opinión titulada “Romper las cadenas”.

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Cuenta Esquilo en una de sus tragedias, que existió un hombre llamado Prometeo quien fue castigado por los dioses del Olimpo por traerle el fuego a los hombres y enseñarles a ser dioses. Prometeo fue sometido y encadenado pero pudo romper las cadenas para pararse victorioso en el umbral de la libertad. Pero llegó el día en que los hombres a los que él había dado la luz, lo traicionaron y abandonaron la llama que habían recibido.

Individuos como Prometeo han existido siempre, sujetos que le han dicho a los hombres que la única forma de romper las cadenas que los atan es utilizando la razón pues esta es nuestro único medio para poder vivir. Pero las personas les han hecho caso omiso y han continuado viviendo una vida mística, poniendo el interés colectivo sobre el derecho individual, permitiendo ser esclavizados para los fines de otros y sacrificando a otros para sus fines.

Los sucesores de Prometeo son y han sido pocos. Individuos que con estoicismo han buscado romper todas las cadenas de la Tierra pero que han sido condenados por los mismos esclavos. Son personas que han reconocido en la productividad una virtud y que proclaman que su vida es su más alto estándar de valor. Son hombres y mujeres que se han atrevido a cuestionar las premisas en las que creen o que les han hecho creer, rompiendo las cadenas que atan su mente.

Hijos de Prometeo son todos aquellos que han defendido el derecho individual a la vida, propiedad y libertad. Los que se han atrevido a defender la única filosofía que permite el logro de la paz pues ante todo, se basa en el respeto hacia los demás. Se les ha dicho sin cesar que defienden a la derecha e incluso que son aliados de la izquierda pero quienes aseveran esto están equivocados. Los individuos que han intentado continuar con el legado de Prometeo están contra el colectivismo de ambas posturas ideológicas, contra el mercantilismo de la derecha y el estatismo altruista de la izquierda. Los sucesores de Prometeo no son neoliberales, ni oligarcas, ni conservadores, ni fascistas; son liberales y punto. Son defensores del individuo y de los derechos que posee no gracias al Estado, ni a un ente sagrado, ni a un tirano sino a la condición que tenemos como humanos. Pero el liberalismo que estos individuos defienden no es un dogma ni una ideología ciega sino una conclusión de creencias que está abierta a constante evaluación y cambio.

Lograr una sociedad de personas libres, responsables, productivas y racionales, que reconozcan el valor de hombre como un fin en sí mismo, no es tarea fácil. Se requiere de valor para pensar y actuar pues es más sencillo no hacer nada y luego obtener consecuencias perversas y no deseadas. Atrevámonos a cuestionarnos y a ser los sucesores de Prometeo ya que usando la razón, usted y yo, podemos romper las cadenas.

Le agradezco al artista Walter Peter por permitirme utilizar su obra “Prometeo Liberado” como imagen representativa de mi columna. La elegí pues esta escultura es una oda a la razón y a la libertad.

Walter Peter: Un Gigante del Arte Guatemalteco

El presente artículo fue publicado el 13 de enero de 2015 en el sitio WEB de Estudiantes por la Libertad.

“Howard Roark levantó un templo para el espíritu humano. Vio al hombre como un ser orgulloso, fuerte, limpio, inteligente y valeroso. Vio al hombre como un ser heroico, y construyó un templo de acuerdo a este ideal. Un templo es un lugar donde el hombre debe experimentar exaltación. Pensó que la exaltación procede de la conciencia de no tener culpa, de procurar la verdad y conseguirla, de vivir según las mayores posibilidades del individuo, de no conocer ninguna vergüenza, de no tener motivo para avergonzarse, de ser capaz de mostrarse desnudo a plena luz del sol. Pensó que la exaltación significa felicidad y que la felicidad es un derecho natural del ser humano. Pensó que un lugar construido como un escenario del hombre, es un lugar sagrado.”

-Ayn Rand-

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Si el personaje de la novela El Manantial de Ayn Rand, Howard Roark, existiera y si fuera un escultor nacido en Guatemala, seguramente su nombre sería Walter Peter Brenner (izquierda).

Nació en Guatemala en 1965. Inspirado por su padre, Walter Peter Koller, comenzó pintando obras de arte naturalista a los diez años. Siete años más tarde vendió su primer pintura. Inició su formación profesional estudiando arquitectura en la Universidad Francisco Marroquín y en el tercer año de estudios viajó a Suiza, donde por los días trabajaba como piloto aviador y por las noches tomaba cursos de escultura en la Escuela de Bellas Artes de Zürich. En 1993 decidió volver a Guatemala y fundó su academia Ars Artis, la cual dirige junto a su esposa, otra maravillosa artista, María Fernanda de Peter. Actualmente Walter dedica la mitad de su tiempo a impartir clases en su academia y la otra parte la dedica a la escultura y pintura profesional, “aunque la escultura es mi debilidad” como él mismo dice.

Walter define el arte utilizando la definición primeramente planteada por Aristóteles y reformulada por Ayn Rand y dice que “el arte es la recreación selectiva de la realidad según los juicios de valor metafísicos del artista”. Puesto de manera más simple, es la recreación de la realidad según la filosofía de quien escribe, pinta o esculpe. El artista recrea algo que conoce. ¿Cómo es esa recreación? Precisamente uno selecciona un aspecto de la realidad y lo representa, lo repite de manera simbólica. Dice Walter que al hacer eso “se representa una manera de ver las cosas, un ideal, pero no un ideal platónico, es un ideal de cómo crees tú que deberían de ser las cosas, como debería de ser la vida, como debería de ser el hombre, cuál es tu sentido de vida. Lo que el artista está representando, es una visión de cómo deberían ser las cosas de manera perfecta. Aristóteles le llamaba una imitación de la realidad pero no copiada sino recreada”. En este sentido, el arte le permite al individuo plasmar ideas y conceptos de forma concreta.

Decía Rand que “existen dos aspectos de la existencia del hombre los cuales son un territorio especial y expresión de su sentido de la vida: el amor y el arte”. Derivado de lo anterior, se puede decir que la función del arte público (aquel que está en museos, galerías, plazas, etc.) es que aquel que contemple la obra pueda disfrutar de ver un ideal que comparte o de su sentido de vida, representado de una manera física figurativa.

A lo anterior agrega Walter que “el estándar, el límite, de lo que es y no es arte es el entendimiento. En el momento en que una obra deja de entenderse deja de ser arte. Esto debido a que la definición objetiva es que arte es la recreación de una visión, de una filosofía. Si tu lo que recreas es nada entonces no es nada. Pueden haber grados de abstracción, mientras tu estés entendiendo la figura.” Por ejemplo, una obra compuesta solamente por líneas pero sin una forma precisa puede que represente algo para quien la hizo pero será incomprensible para todo aquel que la vea, consecuentemente no es arte sino un simple ornamento.

Walter Peter, como paladín de la defensa de los principios racionales y la objetividad de los valores, afirma que la belleza debe estar presente en una obra de arte para ser considerad arte o buen arte. La belleza se entiende como la integración armónica de las partes con el todo, a lo que Walter agrega que “toda la vida el concepto ha estado basado en el principio de armonía. Belleza es opuesto a caos. A mayor armonía mayor belleza. A menor orden menor belleza. La belleza es totalmente objetiva, la belleza es o no es; cuando hay caos no hay belleza y cuando hay orden hay belleza”.

Habiendo establecido la teoría del arte que defiende Walter Peter, podemos hablar de la visión filosófica que su obra recrea, ese Romanticismo Heroico como él mismo lo define. Todas y cada una de las esculturas del artista comunican que el hombre, cada hombre, debe ser un fin en sí mismo. Para lograrlo, el hombre debe practicar virtudes que le ayuden a alcanzar su valor más alto, su vida y consecuentemente alcanzar la felicidad, ese “estado de alegría no contradictoria por haber alcanzado los propios valores”, como lo definía Rand, logrado por el poder que tenemos de usar el máximo poder de nuestra mente. Sus magnánimas esculturas afirman sin vergüenza que el logro productivo del individuo es su actividad más noble y que solamente utilizando la razón podemos enfrentar la realidad. Sus esculturas gritan a los cuatro vientos que el individuo es el único con el poder de controlar su destino y niegan la existencia de fuerzas que lo opriman hacia finales inciertos. Su obra es una celebración orgullosa al espíritu humano.

Para poder escribir sobre cada obra de Walter tendríamos que escribir un libro por lo que describiré brevemente tres de ellas:

Amanecer: El Gigante de Cayalá

La obra escultórica más grande del artista hasta el momento. Tallado en mármol, un gigante emergiendo de la tierra con gesto de satisfacción y con una llave en su mano derecha representando la racionalidad como virtud necesaria para alcanzar nuestros propósitos. El artista escribió una leyenda sobre el origen del Gigante vinculada con otra escultura que se encuentra a unos metros, cuyo nombre es Curiosidad. La obra se encuentra en el centro comercial Paseo Cayalá en Guatemala.

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Dueño de tu propio destino

La escultura y su nombre hablan por sí solos. Fundida en bronce a la cera perdida. Un individuo con gesto estoico, tallándose a sí mismo con firmeza, forjando su destino en libertad, escogiendo la forma en que se talla, sin pedirle ayuda a nadie y alcanzando la meta que alguna vez se trazó.Es parte de la colección privada de Walter Peter.

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Prometeo liberado

La obra favorita de Walter y su primera obra escultórica de gran tamaño. En la tragedia de Esquilo, Prometeo fue quien robó el fuego del Olimpo y lo entregó a los humanos. De la misma forma el artista representó el fuego en las barbas y la cabellera de la escultura, simbolizando la llama de la razón. Walter dice que Prometeo Liberado es un tributo a la libertad, que es alcanzada a través de la lucha y lealtad a nuestros valores”. Fue elaborada en cemento pulido y se encuentra en el Puerto de Iztapa en Guatemala.

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En este link podrás encontrar muchas más fascinantes obras de Walter Peter.

Al igual que sus esculturas, Walter Peter es un gigante, un coloso en la defensa de los principios racionales y los valores objetivos, la búsqueda de la verdad y la lucha por la libertad. Haber podido conocer y conversar con Walter, es haber conocido a un grande de la talla de Miguel Angel, a un maestro en la escultura de monumentales obras que además de ser bellas y poseer proporciones perfectas, nos recuerdan que, como escribió Ayn Rand, “el mundo que deseas puede ser ganado, existe, es real y posible; es tuyo”.

La fotografía principal me la tome junto a Walter el día que visité su estudio. Las otras imágenes fueron tomadas del sitio Web de Walter Peter (walterpeter.com) y del blog de WaseemSYED.